El 3 de
julio de 1986, con motivo del Cuarto Centenario
de la
Virgen del Rosario de Chiquinquirá,
Patrona de
Colombia, el Papa Juan Pablo II,
de
rodillas, frente al portentoso cuadro de la Virgen,
elevó una
de las plegarias más bellas
que se le haya
dedicado en su honor.
En uno de
sus extensos párrafos le dice:
¡Dios te
salve María!
Te
saludamos con el Ángel:
Llena de
Gracia. El Señor está contigo
(cf. Lc.1,
28).
Te
saludamos con Isabel:
¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el
fruto de tu vientre! ¡Feliz porque has creído a las promesas divinas!
(cf. Lc. 1,
42-45).
Te
saludamos con las palabras del Evangelio:
Feliz
porque has escuchado la palabra de Dios
y la has
cumplido.
(cf. Lc.
12, 27).
¡Tú eres la
llena de gracia!
Te
alabamos, Hija predilecta del Padre.
Te
bendecimos Madre del Verbo divino.
Te
veneramos, Madre y Modelo de toda la iglesia.
Te
contemplamos, imagen realizada
de las
esperanzas de toda la humanidad.
¡El Señor
está contigo!
Tú eres la
Virgen de la Anunciación,
El Sí de la
humanidad entera
al misterio
de la salvación.
Tú eres la
Hija de Sión
y el arca
de la Nueva Alianza
en el
misterio de la Visitación.
Tú eres la
Madre de Jesús nacido en Belén,
la que lo
mostraste a los sencillos pastores
y a los
sabios de Oriente.
Tú eres la
Madre que ofrece
a su Hijo
en el templo.
Lo acompaña
hasta Egipto,
lo conduce
a Nazaret.
Virgen de
los caminos de Jesús,
de la vida
oculta y de los milagros de Caná.
Madre
Dolorosa del Calvario
y Virgen
gozosa de la Resurrección.
Tú eres la
Madre de los discípulos de Jesús
en la
espera y en el gozo de Pentecostés.
¡Bendita
eres entre todas las mujeres!
Bendita
porque creíste en la palabra del Señor,
porque esperaste en sus promesas,
porque
fuiste perfecta en el amor.
Bendita por
tu caridad presurosa con Isabel,
por tu
bondad materna en Belén,
por tu
fortaleza en la persecución,
por tu
perseverancia en la búsqueda
de Jesús en el templo,
por tu vida
sencilla en Nazaret,
por tu
intercesión en Caná,
por tu
presencia maternal junto a la Cruz,
por tu
fidelidad en la espera de la Resurrección,
por tu
oración asidua en Pentecostés.
Bendita
eres por la gloria
de tu
Asunción a los cielos,
por tu
maternal protección sobre la Iglesia,
por tu constante intercesión
por toda la humanidad”.

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